CRIANZA RESPETUOSA EN FAMILIAS MIGRANTES

CRIANZA RESPETUOSA EN FAMILIAS MIGRANTES
“No se trata de dejar nuestras costumbres de lado y todo lo que hemos aprendido acerca de cómo la crianza debería ser. Se trata más bien de establecer un equilibrio entre aquello que parte de nuestra propia crianza y nos ha funcionado, y aquello que hemos aprendido a lo largo del recorrido en el país al que hemos emigrado. “
Cuando se toma la decisión de emigrar, regularmente se hace con la finalidad de encontrar un mejor futuro en otras fronteras, y por ende son diversos los factores que se toman en cuenta y se piensan antes de tomar la decisión. Sin embargo, por muchos aspectos que consideremos y nos preparemos para ello, siempre habrá cosas que escapan de nuestro control.
Si bien es cierto que emigrar a cualquier parte del mundo, incluso si es lo más cerca posible del país de origen, es complicado; hacerlo a países lejanos con culturas completamente diferentes a las nuestras lo es aún más, especialmente si se emigra con niños o adolescentes. Algunos corren con la suerte o tienen la ventaja de emigrar a países cuya cultura no es tan diferente a la propia, lo que facilita el proceso de adaptación, sin embargo, no en todos los casos es así. La crianza, de por sí, no es una tarea sencilla, pues no existen fórmulas mágicas que nos digan cómo criar, ni mucho menos los niños vienen con un manual.
Si a esto además le sumamos el estrés, la ansiedad y la angustia que el proceso migratorio implica, la situación puede complicarse aún más. Es entonces como ante esto, nos encontramos con padres desesperados, buscando un balance entre manejar sus propias emociones, llevar a cabo las tareas necesarias que el proceso migratorio implica, y en todo ese afán, continuar criando a los hijos de la mejor forma que pueden hacerlo. Es normal que los niños y adolescente ante estas situaciones se manifiesten bastante más irritables de lo normal, que presenten conductas o comportamientos atípicos en ellos; por ejemplo, si nunca había hecho un berrinche o pataleta o hace tiempo los había dejado de hacer vuelven a presentarse, algunos presentan dificultades para conciliar el sueño, se muestran muy ansiosos y angustiados, y algunos otros más reservados de lo normal.
Y es que no solo se trata de mudarse a un nuevo país y dejar todo aquello que les brindaba seguridad en el país de origen, sino además de adaptarse a una cultura nueva, que en muchos casos puede ser completamente diferente a lo que venían acostumbrados. Supone entonces un reto para los padres el seguir criando de forma respetuosa y disciplinar positivamente, puesto que ante estas conductas es fácil perder el control y recurrir a estrategias de crianza autoritaria como reprimendas y castigos, para intentar moderar el comportamiento de sus hijos y restablecer el orden en el nuevo hogar.
Y esto no sucede únicamente cuando se emigra con niños y adolescentes. Las diferencias culturales también pueden representar dificultades en la familia, cuando se trata de parejas que han emigrado y deciden tener a sus hijos en el nuevo país de residencia. Esto ocurre especialmente con la población latinoamericana, puesto que tenemos un sentido de pertenencia muy arraigado a nuestras costumbres, que nos cuesta soltar. Sin embargo, a pesar de que son contextos diferentes, criar de forma respetuosa cuando se ha emigrado no es tan diferente de hacerlo cuando se está en el país de origen.
Porque como no hay fórmulas mágicas, se trata simplemente de dejarse guiar por el propio instinto materno y paterno, y conectar con nuestro propio niño interior para poder entender a nuestros hijos. Suele ser muy útil recordar cuando éramos niños y pasamos por procesos de cambio (no necesariamente que tengan que ver con migración) cómo reaccionamos, qué hicieron nuestros padres para ayudarnos o no, y cómo hubiéramos deseado que se manejaran las cosas en ese momento.
Aunque todos somos personas diferentes, las sensaciones y emociones que suelen resentarse ante los cambios que requieren una adaptación suelen ser muy parecidas, y si la emigración es un cambio que requiere adaptación, podremos tomar lo que en aquellos momentos nos sirvió, adaptarlo a la situación actual y conversarlo con nuestros hijos.
La comunicación será vital, puesto que le permitirá tanto a los niños como a los adultos del grupo familiar, expresar sus emociones, compartir experiencias, desahogarse y a partir de allí ayudarse los unos a los otros. Aunque ante los procesos de adaptación cualquier reacción es esperada y esto debe entenderse, esto no quiere decir que mientras los niños se adaptan los límites deberán desaparecer. Al contrario, es cuando más deberemos estar atentos a los límites establecidos, de forma sana, pues es esto lo que les otorga guía y orden al día a día de nuestros hijos.
Si el niño hace una pataleta o berrinche, ciertamente deberemos entender y atender la emoción que se esconde detrás de ello, que probablemente sea temor, ansiedad o frustración; sin embargo no por ello deberemos ceder a todos sus deseos. Por el contrario deberemos mostrarles formas más adecuadas de expresar eso que están sintiendo, e implementar las consecuencias naturales derivadas de su conducta. Para ello el anticiparse será importante.
Anticipar no sólo lo que pueda suceder y explicarles a los niños los cambios que van a darse, sino además hacerles saber que cada conducta tiene una consecuencia natural, positiva o negativa, y que ellos deberán aprender a asumirlas.
Cuando se trata de hijos nacidos en el país al que se ha emigrado, ellos no necesariamente pasan por un proceso de adaptación puesto que no han dejado su país de origen, sin embargo el choque cultural entre lo que se vive en casa y lo que observan en el exterior en algunos casos sí puede suponer un conflicto, puesto que quizás las costumbres de dicho país difieran en cierta medida de la forma en la que hemos decidido criar a nuestros hijos.
Por ejemplo, en algunos países las demostraciones de afecto a través del contacto físico no son tan comunes como en otros, el amor se demuestra a través del respeto hacia los padres como figura de autoridad, y de los padres hacia los hijos con una buena educación; pero no hay tantos besos y abrazos como en otros.
Esto en ciertos casos puede suscitar que los niños se sientan diferentes o avergonzados, puesto que una de sus mayores preocupaciones independientemente de la edad, es la de encajar y pertenecer a determinado grupo. Es allí cuando la comunicación entre los miembros de la familia sigue siendo pieza clave, sobre todo para establecer acuerdos sobre lo que se espera de cada quien, y entre las pautas y normas de crianza que como padres han decidido implementar, y las costumbres propias del país.
Por ejemplo, si el niño se siente avergonzado de que lo besemos y abracemos constantemente en público o cuando lo vamos a buscar al colegio, porque por cualquier razón no es lo común en la región, podremos respetar sus deseos de que no se haga en público o quizás hacerlo con menor efusividad, todo dependerá de los acuerdos a los que se lleguen en familia. No se trata de dejar nuestras costumbres de lado y todo lo que hemos aprendido acerca de cómo la crianza debería ser. Se trata más bien de establecer un equilibrio entre aquello que parte de nuestra propia crianza y nos ha funcionado, y aquello que hemos aprendido a lo largo del recorrido en el país al que hemos emigrado.
Deberemos dejar que los niños exploren y se sientan cómodos con las nuevas costumbres que han adoptado, o aquellas que más bien adoptarán de nosotros mientras crecen.
“La comunicación será vital, puesto que le permitirá tanto a los niños como a los adultos del grupo familiar, expresar sus emociones, compartir experiencias, desahogarse y a partir de allí ayudarse los unos a los otros.”
©ATARIMAE MAGAZINE

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